Fernando Mariano ha actuado en la Royal Opera House de Londres. | Esteban Mercer

Fernando Mariano es actor, director creativo y residente en Mallorca a pesar de que su trabajo como primer bailarín le lleva por todo el mundo. Sobre el escenario es un dios, cuando baja se convierte en un ser humano cálido y cercano, seductor y educado, tanto que conoce a la perfección los códigos que hay que usar para encandilar a los que le escuchan. Ha trabajado junto a Antonio Banderas, de quien es amigo y ferviente admirador.

¿Cómo comenzó su vocación de actor?
– Nací en Brasil y me crié en Portugal. De niño estaba obsesionado con las telenovelas y desde los cuatro años, en que les dije a mis padres que quería ser actor, nunca he cambiado de idea. Gracias a Dios me dieron apoyo y eso que mi familia es de origen muy humilde y en Sao Paulo no tenían medios para pagar una escuela de teatro. Aun y así me pusieron a estudiar en la mejor y carísima escuela de teatro y en la mejor escuela de ballet de Deborah Colker, una bailarina muy famosa. Mis padres al inscribirme le dijeron que no tenían dinero para pagar pero que a cambio le cocinaban un pan cada semana y aceptó. Pagaron mis estudios con pan.

La gente cuando quiere algo de verdad lo consigue a toda costa…
– Sí, pero hay que trabajar duro. Yo estudie gracias a las becas pero también gracias a la enseñanza y apoyo de mis padres. Ahora soy yo el que les ayuda a tener una vida mejor y esto me llena de satisfacción, lo que más.

¿Cómo llegó a trabajar con Antonio Banderas?
– El espectáculo estaba programado para estrenarse en Málaga, después íbamos a Barcelona y allí nos pilló el confinamiento lo que no nos permitió ir a Broadway a quince días de la partida. Qué frustrante fue. A los 21 años marché a Londres para estudiar teatro musical y tuve mucha suerte porque al salir de la escuela me dieron el personaje principal en The Rocky Horror Glee Show, y después el Bernardo de West Side Story. Durante ese proceso una de las actrices estaba ensayando A chorus line, de Antonio Banderas. Cuando lo supe decidí mandarle mis cosas a los directores. Nunca olvidaré la audición.

¿Qué pasó?
– Canté delante de Banderas y me dijo que mi voz sonaba de maravilla. ¡Qué regalo! Me sentí enorme, y a las dos semanas me llamaron diciéndome que el papel de Richie era mío. El proceso de ensayos fue durísimo porque Antonio es muy exigente, pero estaba ahí cada día. Teníamos un calentamiento de hora y media cada día y Antonio lo hacia cada día con nosotros, y no es un niño, es un señor de sesenta años que lo ha conseguido todo.

¿Esa ha sido su gran experiencia, la más enriquecedora?
– Sí, también West Side Story. Antonio me llevó más allá. Soy considerado, en Inglaterra, leader man, o lo que es lo mismo, el que ha de desarrollar papeles importantes. Ya no me llaman para audiciones, me las ofrecen y elijo.

¿Cómo se llega a este punto?
– Con trabajo, sudor y sufrimiento. En Mallorca encontré mi lugar. Con la pandemia las grandes ciudades dejaron de tener sentido. La COVID-19 nos ha enseñado que no hace falta que estemos todos concentrados en el mismo lugar. Nueva York, Los Ángeles, Londres, se están vaciando. Nos llaman y vamos, pero hacemos las audiciones con videos desde casa. La calidad de vida en Mallorca es insuperable.

¿Qué le diría a los jóvenes que quieran seguir sus pasos?
– Que es posible y yo soy el mejor ejemplo. Soy hijo de inmigrantes, negro, de familia humilde pero yo tenía ganas y talento, y me comprometí con el teatro.

¿Qué se siente sobre el escenario?
– Vida. Una mezcla de miedo que a pesar de los años no se va nunca. He hecho espectáculos en la Royal Opera House. Recuerdo entrar en escena con Plácido Domingo y pensar en el público mirándonos mientras él cantaba y yo bailaba. Era una pluma bailando al son de esa voz increíble.

¿Dónde quiere llegar?
– Quiero contar mis propias historias. Es mi proceso natural. Estoy escribiendo un show de televisión en el que cuento la historia de mi vida, que es compli- cada. Imagínense un niño pobre en Brasil hijo de pastores evangélicos que es absolutamente gay y con un gran deseo de ser bailarín.

Ahora que estamos en el Orgullo, ¿cómo se tomaron sus padres que fuera gay?
– Durante dos años no me hablaron, a los 15 me fui de casa. A los 12 me llevaron a terapia de conversión, que es durísima. Cuando dije basta, conté quién era y me largué.

¿Ha perdonado a sus padres?
– Sí. Un día vinieron a mí y me dijeron ‘mejor tenerte como eres que no tenerte’. Durante cuatro o cinco años, las relaciones fueron muy tensas. A partir de ahí la cosa fue sanando pese a que la herida era muy difícil de curar. Sanó mucho cuando conocieron a mi novio y vieron que era un chico bueno, que les cuidaba el jardín, les ayudaba con las obras de la casa. Se enamoraron de él y esto hizo que mi padre se cuestionara todo, hasta el punto de dejar la Iglesia. Mi padre vio en mí que la homosexualidad no era mala, que era normal.