La vacunación insta a mirar la pandemia con más optimismo. | M. À. Cañellas

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La incidencia acumulada que tenemos ahora debe preocuparnos, tenemos que bajarla, pero ya es necesario mirarla de otra forma, junto a valorar ingresos hospitalarios o porcentaje de personas vacunadas.

Durante más de un año, muchas personas hemos mirado la incidencia acumulada a 14 días de COVID-19, esto es, cuántos casos notificados ha habido las últimas dos semanas por cada 100.000 habitantes, un indicador epidemiológico, que usamos y al que nos hemos habituado. A lo largo del tiempo hemos añadido la información que aportaba la incidencia acumulada a 7 días porque nos indicaba la tendencia de la pandemia en comparación con la de a 14 días. Ahora por tanto, la incidencia acumulada no tiene el mismo valor que tenía.

La llegada de la vacunación casi masiva, ha permitido el control de la pandemia hasta que llegó el fin de la selectividad, el macrobrote de Mallorca, el de Sant Joan con afectación en Menorca y en Cataluña, el de los jóvenes navarros en Salou, el de Cantabria, el de jóvenes granadinos en Conil, Cádiz, el de los sevillanos en Portugal,…

Después de llegar la incidencia a cifras globales en España de menos de 100 y de Baleares de menos de 50, se nos ha vuelto a descontrolar. De todas formas, desde la salud pública y desde la ciudadanía, deberemos reinterpretar este indicador para el coronavirus.

Antes era un indicador para tomar medidas restrictivas, mientras que a partir de ahora, el valor principal de la incidencia acumulada será entender si la transmisión aumenta o desciende, no tanto el número absoluto, sino los cambios de tendencia. De todas formas, se calcula con la cantidad de gente susceptible, manera que no es la metodología del todo correcta si no eliminamos a gente que ha pasado la enfermedad recientemente o que ya está vacunada.

Hasta ahora, durante toda la pandemia, la lógica de los datos de cada ola ha seguido la línea de primero aumentaban los contagios, luego las hospitalizaciones, luego los ingresos en UCI, y luego los fallecimientos. Y también podíamos verlo al revés ya que cuando bajaban los casos, lo último en caer eran las muertes. Con el efecto de la vacunación, esa correlación no es igual ya que el gran incremento de la incidencia acumulada en población joven que supera los 1.500 en varias CCAA no se correlaciona con un incremento de personas hospitalizadas, porque mucha más proporción de casos son casos leves puesto que se dan en gente más joven.

Además, si una persona vacunada se contagia, suele cursar la enfermedad sin complicaciones. Eso ya se vio en la cuarta ola, en la que la curva de defunciones no fue por primera vez pareja a la de positivos, y no llegó a crecer tanto en España. Por tanto, ya no correlacionamos incidencia, hospitalización, UCI y mortalidad y ello es debido a la protección de las vacunas. Aún así, aunque el indicador de la incidencia acumulada no tiene su afectación en hospitales, sí lo tiene y de forma importante en Atención Primaria, ya que los contagios siguen necesitando ser atendidos y diagnosticados y parte del sistema se colapsa igual.

Ahora tenemos que afinar dónde se está produciendo la circulación del virus, fijarse en qué edades, colectivos, contextos,…. Incluso es importante valorar escenarios donde se suceden los supercontagios, con gente que no ha podido acceder aún a la vacunación.

El reto ahora es trasladarlo bien a la opinión pública. Es necesario hacer pedagogía de lo que se puede hacer y no, de qué pasa si se juntan personas vacunadas y no, de qué pasa si no se usa la mascarilla en interiores,…. Es necesario por tanto, replantear la situación actual donde la vacunación ha cambiado de forma importante el número de casos y el número de muertes.

Los repuntes que estamos viendo en la mayor parte del territorio español no se frenarán en el corto plazo solo mediante la vacunación, sino que para ello requieren medidas restrictivas de la movilidad y la interacción social. Por tanto, habrá que continuar con medidas de protección individual y colectiva, así como con acciones sanitarias intensificadas.

Sabemos que la vacunación es una apuesta fundamental para el control de la pandemia en el medio y largo plazo, pero no permite abatir la incidencia de forma inmediata. Por tanto, la vacunación de la población joven no nos va a generar un cambio muy rápido en la incidencia acumulada, aunque de alguna forma, va a empezar a ayudar a proteger a estas poblaciones.

En definitiva, tenemos un largo camino por recorrer. Aún falta por vacunar con la pauta completa a una parte importante de la población, algunos en riesgo alto por la variante delta como son los de entre 60 y 69 años y las profesiones esenciales que fueron vacunadas con Astra Zeneca y no ha completado la vacunación, además de la población joven sin vacunar. Mientras tanto, miremos de reojo los indicadores, siempre bajo la responsabilidad individual.