Francisco Segura Cortés, peluquero de la reina Sofía desde hace 42 años.

Desde hace 42 años, Francisco Segura Cortés es el peluquero de la reina Sofía, «que, desde mi jubilación, es mi única clienta». Hablamos con Francisco en su casa, bien acomodados bajo el porche. Testigos de nuestra conversación son varias fotografías en las que aparece junto a doña Sofía y el rey Juan Carlos, la medalla de Isabel la Católica, que recibió de manos de éste, una condecoración de la reina Isabel de Inglaterra y una docena de libritos de algunos de los viajes de la Familia Real al extranjero, de los que él fue de la partida, «libritos que antes de cada viaje –nos dice– me enviaba la Casa Real, y que contienen horarios, visitas, actos oficiales, etc, que tenían lugar en cada uno de ellos».
Muchos sabíamos que era el peluquero de la reina Sofía desde 1980, pero hasta la fecha, dada su moderación y respeto, de los que siempre ha hecho gala, jamás había hablado de ello y si lo hace ahora, es de la mano de la discreción.

«Haga usted lo que quiera»

Cuenta que llegó a ser peluquero de Su Majestad gracias a una clienta suya, «la señora de Caro, amiga de ella. Un día que vino a la peluquería me dijo que me veía como el peluquero ideal de doña Sofía y a partir de ahí no volvimos a hablar más de este asunto… Lo cierto es que un día me llamaron de Marivent como peluquero. Me acerqué hasta el palacio, pero quien reclamaba mis servicios no era doña Sofía, sino su madre, la reina Federica, pero… ¡Qué más daba! Ella era también una reina… Muy amable, por cierto. En Marivent me hicieron un pase especial, lo cual me hizo pensar que me podrían llamar otras veces. Y así fue. La segunda llamada fue, también, para peinar a doña Federica y para cortar el pelo a sus nietos, Felipe, entonces príncipe de Asturias, y Pablo y Nicolás de Grecia. Entonces entró doña Sofía y cuando terminé con los niños me pidió que le cortara el pelo y que la peinara. Recuerdo que venía con la cabeza recién lavada. Le corté el pelo en la medida que ella me dijo, se lo sequé, y sin usar rulos, la peiné. Le dije que ya no eran necesarios los rulos. Que con el secador calentaba el cepillo y eso era suficiente y… ‘Pues haga usted lo que quiera’, me dijo. Y así lo hice y cuando terminé, al verse en el espejo, exclamó: ‘¡Esto es un arte!’, señal de que le había gustado, porque a partir de ahí me fue llamando cada vez que lo necesitaba.

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En la boda de su hijo, la peinó y le puso la peineta con la mantilla española.

Terremoto en Los Ángeles

«En una ocasión me preguntó si iría a Madrid si precisara de mis servicios. Por supuesto, le dije, iré a donde usted me diga. Tras esta conversación acudí siempre que me llamó, ya fuera a Madrid, ya fuera a cualquier lugar del mundo donde ella viajara en visita oficial, como reina de España. En los viajes, tanto en los nacionales como los del extranjero, viajo en el avión de ellos, aunque no en su zona, sino en otra, junto a las doncellas y otros servicios. Y cuando llegamos al destino, si van a un hotel, yo también me hospedo en el mismo, ellos en una planta y yo, y los demás del séquito, en otra», relata.

«Recuerdo –sigue– que cuando fuimos a Los Ángeles, nos hospedamos en el hotel Century Plaza; ellos en la planta 42 y yo en la 37. Estando ahí hubo un terremoto… Me asusté pero en cambio ella comentó que estaba dormida y que tuvo la sensación de como si iba en una avión y que al ir a aterrizar los motores sonaron con más fuerza. En otra ocasión, en una vista a la Casa Blanca, en tiempos de Reagan, nos hospedamos en la Blair House, que está en 1651-1653 de la Avenida de Pensilvania, una residencia para invitados ilustres del presidente de EEUU. Naturalmente, ellos ocuparon una zona distinta a la que estábamos los demás», cuenta.

«Cuando visitaron a la reina Isabel en Inglaterra vivimos en Windsor. Me hicieron una tarjeta para poder entrar y salir. Porque tenía que estar en determinados momentos, como antes de hacer la visita o de asistir a la cena o al almuerzo, no lejos de donde estuviera doña Sofía por si necesitaba de mis servicios, que era peinarla y, en contadas ocasiones, cortarle el pelo, no más de un centímetro, y nunca usando la navaja, ni tampoco los rulos a la hora de peinarla. Luego podía ir a dar una vuelta. Es más, ella me lo recomendaba. «Salga usted, pasee y se distrae», me decía.

Los viajes

¿Que cuántos viajes ha hecho con los Reyes? Ni se acuerda porque han sido muchos: en Europa, África, Estados Unidos, Sudamérica… ¡Es que son más de 40 años! Mucho tiempo, tanto que duda si el primero de los viajes al extranjero fue a Berlín, «pero sí recuerdo que todavía existía el muro, pues estuvimos cerca de él», aunque tiene claro que el más largo fue a Sudáfrica.

Ser el peluquero de la reina Sofía le ha permitido peinar otras ilustres cabezas, sobre todo las de las invitadas a pasar unos días en Marivent, entre otras, la de la reina Noor de Jordania, Lady Di, la gran duquesa de Luxemburgo, la exreina de Dinamarca, la princesa Alexia, a Tatiana de Radziwill, prima de la reina –ambas son biznietas del rey Jorge I de Grecia– y esposa del prestigioso doctor Jean Henri Fruchaud, a Fara Diba, a la que peinó en el Valparaíso, a las infantas Elena y Cristina y a su hermano, Felipe, cuando se casaron… «En la boda de su hijo, en la que doña Sofía fue su madrina, además de peinarla, le puse la peineta y la mantilla española…».

Mientras la peina, la conversación entre ambos, que siempre es en castellano, suele girar en torno a todo lo que tiene que ver con peluquería y tendencias, «aunque ella no se deja influir por estas y si alguna vez me ha comentado algo diferente… Pues voy a ser discreto. Pero lo que sí puedo decir es que doña Sofía es una gran reina, ¡la mejor!, además muy cercana y muy enamorada de Mallorca. A día de hoy, es la única clienta que tengo, pues una vez le dije que le iba a cortar el pelo y a peinar hasta el día que me muriera…».

En cuanto a si ha peinado a la reina Letizia, Francisco dice que no. «Cuando era princesa y venía a Marivent la peinaba una de mis peluqueras. Pero solo en Mallorca, eh».

Y una última pregunta. «¿Le cobra a doña Sofía sus servicios como peluquero?». Francisco se ríe. «Mi mejor paga por peinarla y cortarle el pelo es verla satisfecha, contenta y feliz». «¿Por qué no escribe un libro, pues otros, con menos, lo han hecho?», le preguntamos en la despedida. «¿Usted cree? No sé, igual me lo pienso.»