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No dejan de ser curiosas algunas situaciones que avivan la polémica sobre el patrimonio de Palma. Una es la actuación artística que el pintor José Luis Mesas ha realizado en la fachada del edificio del hotel Artmadams a petición de su propietario, Jaime España. Uno ha invertido muchas horas para crear un mural con dibujos coloridos y llamativos; el otro se ha gastado nada menos que 150.000 euros para hacerlo realidad. Sin embargo, España no pidió el pertinente permiso municipal y resulta que este edificio es una obra del arquitecto racionalista Guillem Forteza. Es así como la pintura, alabada por algunos entendidos, desdibuja el concepto histórico del emblemático edificio.

Verlo como una originalidad.
Nos encontramos ante una situación que nunca debió darse. Una obra de arte está a punto de ser destruida porque la Gerència d’Urbanisme está decidida no sólo a borrarla, sino a sancionar al propietario por permitirla. Visto así, el asunto parece irresoluble. La Gerència quiere conservar el espíritu del barrio y del edificio y no parece sencillo que cambie de idea. Y tiene razón. Es difícil hacer casar el pop art de Mesas con la arquitectura regionalista. Pero también es posible ver el caso como una originalidad sobre un bien privado, que es reversible y que no cuesta dinero al Ajuntament.

Darle tiempo.
Hemos visto cosas peores en el urbanismo de Palma, como la destrucción de edificios emblemáticos. Estos últimos años han desaparecido joyas del racionalismo como el Hostal Arxiduc, de Guillem Forteza, precisamente; o el edificio de la Clínica Rotger en General Riera. Sin olvidar la fábrica de Olis Balle en las Avenidas o Can Bibiloni, de Gaspar Bennazar, en la calle Aragó. O el ejemplo de viviendas racionalistas en Eusebi Estada o el chalet de Can Baró, en Andrea Doria. Esto sí que son traumas. La pintura de Mesas da vida a un edificio que al menos existe y tiene un uso. Habría que darle una oportunidad.