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El más reciente informe del Pentágono relativo al avistamiento de ovnis –que por cierto el Departamento de Defensa prefiere llamarles a partir de ahora ‘fanis’, fenómenos aéreos no identificados, UAP en sus siglas inglesas– no se puede decir precisamente que deje las cosas muy claras. Y los hay que piensan que serían necesarias explicaciones convincentes, habida cuenta el creciente número de avistamientos registrados en los últimos años, 143 entre el 2004 y el 2021. Sean ovnis o fanis, oficialmente se ignora todo acerca de su origen e intenciones, si son de naturaleza terrestre o extraterrestre, en suma, que no se sabe exactamente qué son. Y aquí empieza mi discurrir. Al tratarse de un misterio, ya tenemos el ingrediente básico de toda religión.

Llevo ya mucho tiempo preguntándome cómo es posible que en EEUU, en donde la fe va tan barata, no haya nacido ya una religión seria que le eche unos gramos de teodicea a la cuestión. Sí, una teología natural que acabe conduciendo a toda una religión espacial. Es cierto que existen movimientos que han intentado darle alguna trascendencia al asunto, pero vamos, poca cosa. Hablo de una religión desde la que se adore a lo desconocido –fundamento esencial de todo misterio–, visto el fracaso de unos avances tecnológicos incapaces de proporcionar explicaciones admisibles.

Si la aparentemente pluscuamperfecta ciencia moderna no puede progresar en materia de ovnis-fanis, ha llegado el gran momento de la aparición del fenómeno religioso. Entendámonos, ya quedó dicho que Dios no juega a los dados con el Universo, pero igual si está muy aburrido ha optado por manifestarse de una forma nueva, acorde con las pretensiones de este tiempo. ¿Por qué no?