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La praxis es absolutamente española, pero la etiqueta ‘Cancel Culture’ es extranjera. Es una definición prácticamente perfecta de un fenómeno en boga, que debería preocuparnos: el exterminio del discrepante mediante su cancelación, su exclusión. Un ninguneo a lo bruto. De alguna manera, esto siempre ocurrió; o siempre hubo interesados en que ocurriera, pero actualmente las redes sociales, especialmente Twitter, permiten lograr un efecto anulador casi perfecto: usted piensa diferente a mí; yo y los míos no lo soportamos, y entonces lo aniquilamos, lo excluimos, lo cancelamos. Así funciona hoy la dictadura de lo políticamente correcto. Usted mismo podrá fácilmente identificar un puñado de cuestiones sobre las que no se atrevería a hablar abiertamente en público por temor a esta cancelación.

El fondo sociológico en el que se basa la cancelación es sencillo: si los ciudadanos nos formamos una idea de lo que piensa la sociedad a través de lo que dicen los medios de comunicación, si una parte significativa de la sociedad, por defecto, por no enfrentarse, por no rebelarse o por pereza sigue irreflexivamente las posturas mayoritarias, entonces se trata de sobrerrepresentar ciertas posturas y bloquear otras para lograr estas adhesiones. Ese es el tema: presentar mediáticamente una realidad magnificada, incluso absolutamente construida, para que esa gran mayoría social que conoce el mundo indirectamente se posicione en su favor. Vean cómo hablamos de ciertos inmigrantes pero, en cambio, otros, incluso cuantitativamente más numerosos, pasan desapercibidos; vean cómo ciertas injusticias se presentan con bombo y platillo, porque siguen una agenda que interesa, mientras otras, puede que más dramáticas, quedan excluidas porque no conviene; ciertas discriminaciones son tremendas, pero otras, en cambio, se ignoran.
Estados Unidos, para su desgracia, es uno de los países en los que esta cultura de la cancelación está más extendida, donde los disidentes son acribillados en las redes, en los medios, donde ciertos temas están estrictamente censurados; Europa, un poco más retrasada, también vive esta situación. Se palpa en los medios, por supuesto. Recuerdo una estudiante de periodismo, de la que yo fui profesor, que hizo prácticas en un medio de comunicación que se negó a publicarle una noticia porque «esos –en referencia a un colectivo social de bastante importancia– aquí no tienen voz», según le dijo el redactor jefe. Nada que a quienes hemos estado décadas en los medios nos sorprenda, pero que siempre choca sobre todo porque colisiona frontalmente con la propaganda aperturista de los censores.

En todo caso, yo diría que los medios, que quizás históricamente pudieran ser acusados de estas manipulaciones, hoy también son víctimas. Según qué invitados, según qué preguntas, según qué enfoques, constituyen en sí mismo una provocación que puede fácilmente desencadenar los mecanismos implacables de los operarios de la cultura de la cancelación. En días, quien se sale de ese marco, es abatido.

Estos días leía un estupendo librito de Xavier Pericay, titulado Las edades del periodismo, en el cual, entre otras cosas, hace referencia a la censura tan profundamente arraigada en la historia de España. Pericay describe la censura, el lápiz rojo, y sus efectos. En ese contexto, dedica unas páginas para remarcar el efecto indirecto en forma de autocensura. Para mí, el efecto más perverso de cualquier restricción de la libertad no está en el hecho en sí sino en la inevitable interiorización de su existencia y su reflejo en lo que se dice públicamente.

Aquí mismo, yo no me atrevo a plantear temas que provoquen el ataque fulminante porque no quiero el ostracismo, porque si tengo algún instinto de supervivencia no debería meterme en líos, porque más me vale evitar el conflicto. Esto nos ocurre a todos los que comunicamos, a los políticos, a los que gestionan plataformas: si no tienen deseos de acudir a una guerra sistemática y organizada, si no tienen apoyos y refugios a los que agarrarse, si quieren poder sobrevivir con cierta normalidad, más les vale ser hábiles.
Se trata, sobre todo, de evitar ser excluidos, marginados. Hace un rato escuchaba a una víctima de estas situaciones que decía que no es fácil vivir durante años con el calificativo de fascista, pese a que en su vida no existe ni un acto que justifique esta acusación. No digamos cuando eso afecta a la familia, a los conocidos, etcétera.

Esta es la cancelación, que hoy se ha convertido en la práctica en una herramienta de censura en manos de los que tranquilizan su conciencia diciendo que defienden la pluralidad. ¡Qué tranquilidad!