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El garrafal error de permitir que vinieran a Mallorca cientos de estudiantes en viaje de fin de curso, sin la precaución pertinente, a propósito de la infame pandemia de la COVID-19, ha sido la catástrofe que nos faltaba para acabar con el turismo del verano 2021. Después de tantos sacrificios, confinamientos, restricciones, mascarillas, horarios y falta de algunas mercancías y bienes; ahora volverá a cerrarse la puerta de entrada a Mallorca e Ibiza y Formentera. Para más inri, las empresas turísticas tenían todo preparado para recibirles, habiendo contratado personal, llenado neveras, hecho camas, limpiado piscinas… que no van a utilizarse como se esperaba.

Quisiéramos saber quién o qué departamento, bajo el mando del alcalde de Palma, ha tenido la estúpida idea de autorizar todo tipo de desmanes a esos chicos, de unos dieciocho años, alojados en hoteles de Playa de Palma y otros lugares, tan contentos y dispuestos a divertirse. La publicidad anunciando fiestas, botellones, concierto en la plaza de toros, sin guardar distancias, sin mascarillas, además de estruendo insoportable hasta la madrugada, que los agentes de la policía no pudieran contener, debido a las escasas unidades y los cientos de individuos alterados. Con unos vecinos en las ventanas sin pegar ojo. Ya lo dije: al Ayuntamiento no le importan los vecinos, ni los patinetes, ni los bares en plena calle.

Tenemos un país permisivo, abierto a todo y a todos, sin reglas, pudiendo hacer y deshacer todo cuanto se les pasa por la cabeza, como un sinfín de gamberradas: emborracharse, vomitar, gritar y no dejar descansar a nadie. Pero eso no importa a los empresarios, que hacen buenas cajas, porque esos energúmenos son la fuente de su riqueza, pero no sus trabajadores a destajo, a pleno sol, sirviendo copas en el exterior y piscinas.

Nuestra tierra es Sodoma y Gomorra, aquella ciudad que Yahvé castigó por su iniquidad arrasándola, prohibiendo a Lot volver la vista atrás; en la huida su mujer giró la cabeza convirtiéndose en estatua de sal. La Biblia ya advierte sobre cuánto puede sucedernos si continuamos sin ver, ni escuchar, destrozando el paraíso, saltando reglas, atropellándolo todo. Reflexionemos y pongamos atención en lo que estamos haciendo, permitiendo la ruina de este reino, que Jaume I consideró su posesión más bella en medio del mar.

El problema son los agentes de viajes, que prometen el libertinaje sin control, exentos del cumplimiento de restricciones, legislaciones, ni sanciones.