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Mucho se viene hablando sobre los problemas del sistema de pensiones. El drama es de tal intensidad que exige un acuerdo de Estado. Pues bien, el Gobierno social-comunista-separatista, «tan ideologizado como negado para la gestión», en expresión de Jesús Cacho , ha decidido desmontar la reforma del PP: suspender ‘el factor de sostenibilidad’ y ‘el índice de revalorización’.

Una vez más, se demuestra cuán fácil es destruir. El arbitrar una solución es harina de otro costal. Seguir el criterio de Podemos y de los muy ideologizados sindicatos, como ha hecho Sánchez , es un parche que no hace más que ahondar en el problema. Ligar la subida de las pensiones al IPC es, como han advertido economistas de signo diferente, una barbaridad. De ese modo se asegura un incremento fijo anual en los gastos del sistema.

En este sentido, Jesús Cacho ha subrayado que transferir tan cuantiosa cantidad a los PGE es «hacerse trampas en el solitario». Es resolver, aparentemente, un problema y, al mismo tiempo, incrementar otro ya de suyo muy agravado: la deuda, el gasto público, que no deja de crecer, y que, más pronto que tarde, acabará por fagocitar las expectativas de futuro de todos los españoles. Las cifras del gasto público son verdaderamente mareantes pues están situadas en un 125 % sobre el producto interior bruto (lo que producimos).

Ahora conviene llamar la atención al conjunto de la ciudadanía. No se dejen engañar. No escuchen los cantos de sirena. Ningún país del mundo, como ninguna familia, puede seguir pensando vivir del cuento, esto es, por encima de lo que produce. Al final llega la hora de la verdad: la ruina más estrepitosa. El dinero público no es, por supuesto, ilimitado y gratuito. Hay que generarlo en base a lo que cada país sea capaz de producir. Si lo que se produce es notablemente inferior al gasto, todo se vendrá abajo, todo el país se empobrecerá a niveles inimaginables, y no habrá otra cosa que repartir que la pobreza. Basta con mirar a otros países bien conocidos de todos. Pensar que se puede vivir, como predican los populismos de izquierdas, a costa de una deuda que no tendremos que devolver es pura demagogia, engañifa para ingenuos e incautos.

Tampoco se crean que el maná de los fondos europeos va a resolver los problemas. Al margen de cómo se vayan a repartir y para qué, no se puede confiar en falsas expectativas. Fiarlo todo a soluciones milagrosas y no en el propio esfuerzo y en el trabajo continuado o en la disciplina presupuestaria y en el imperio de la ley, es crónica de una muerte anunciada. Se necesita controlar el gasto público, invertir en infraestructuras productivas, creer e impulsar la libertad empresarial, propiciar su libre funcionamiento. Se necesita justo lo contrario de lo que está haciendo este Gobierno, que se lleva muy mal con la libertad.

Como ya se sabe, el drama del sistema de pensiones se concreta en dos aspectos básicos: la generosidad de las pensiones, muy por encima de cualquier país de la UE, y el envejecimiento de la población. En España, la media de jubilación es ya algo superior al sueldo medio y, con unos 15 años cotizados, se tiene derecho a percibir el 60 %. Algo que no ocurre en ningún otro país de la UE. En España bastan 25 años de vida laboral, mientras que la media en la UE son 35 años y cuando la vida laboral del común de la gente está en los 40 años.

Tales males objetivos se arreglarían aumentando la edad de jubilación y aumentando la contribución al sistema. Ya sé que es complicado en términos políticos. Por eso es oportuno un acuerdo de Estado entre las fuerzas políticas, negado por el obsesivo y vengativo Sánchez. No parece que haya otra solución.

Todo parece encaminarse, si no cambian las orientaciones políticas, hacía una crisis del sistema de pensiones y, sobre todo, hacía una crisis de deuda inevitable. Se llegará, al margen de espejismos coyunturales, a una situación todavía peor a la que generó el ‘pérfido’ Zapatero .