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En El arte de la guerra, Sun Tzu (s. V a. C.) ya afirmaba que el más eficaz instrumento bélico es el engaño. Lenin y Trotsky decían también que «la mentira es un arma revolucionaria». Y todos sabemos que hay un modo de hacer frente a alguien al que no se pueda rebatir con argumentos: se trata de destruirlo hasta conseguir su muerte o exclusión social difamando su vida y su honor, algo que se practica muy a menudo y no solo en tiempos de guerra. Para esta sucia labor de difamación se puede ir directamente mediante las llamadas ‘palabras mordaza’, o palabras de negativo significado con las que se nombra o alude a adversarios para que, una vez etiquetados, dejen de ser escuchados por los necios.

Por lo tanto, no solo en Goebbels encontramos el uso de la mentira (la que repetida mil veces acaba siendo verdad). Hoy y más que nunca los medios y redes sociales, si desean, pueden difamar y desinformar con una eficacia jamás antes vista.

Con la actual guerra en Ucrania (en la cual la mayoría de ucranianos son utilizados para réditos ajenos) podemos constatar día a día el proceso de falsificación informativa. Estamos viendo cómo se focalizan con detalle ciertos hechos y se silencian otros, cómo se demoniza al enemigo para que así no haya escrúpulos a la hora de destruirlo, o cómo solamente se presenta una voz para ser escuchada, aunque esta voz (en nuestro caso) sea la de los magnates de un país (EEUU) que acusa a sus adversarios de unas prácticas de las que ellos son especialistas, como han sido sus intervenciones, sutiles o armadas, en países soberanos y sin hacer caso en absoluto al derecho internacional. Son a este respecto ilustrativas las palabras de Noam Chomsky cuando se refiere a las innumerables víctimas silenciadas en el Yemen al bloquearse puertos por aliados americanos, los cuales con una sola orden a Arabia saudí salvarían a miles de niños de una muerte de hambre inminente. O cuando alude a la inmensa prisión de Gaza o a la invasión de Irak o Libia. O cuando vemos el desastre de Ucrania machacada sin piedad por invasores rusos debido a un conflicto que se podría haber evitado con diplomacia y evitando que la OTAN hubiera instalado armas apuntando a Rusia a dos pasos de sus fronteras.

Remarca Chomsky lo que todos, con sensibilidad y sentido común, sabemos: que no se entra jamás en guerra si existen programas constructivos desde el razonamiento y la sensatez.

‘Un hogar común europeo’, del Atlántico a los Urales, con sentido democrático (limpio y decente) y siendo actor independiente en asuntos mundiales era la propuesta del general francés De Gaulle, la que hubiera aceptado Gorbachov en su momento y la que estaba explícita en el Ostpolitik de Willy Brandt. Pero no, nada de esto se hizo entonces. Predominaron los intereses de la gran potencia del otro lado del Atlántico, a los que se apuntaron países europeos sin carácter ni personalidad propia, los que han ido provocando de tal modo a Rusia como hubiera sido una provocación que Rusia hubiera instalado misiles en Méjico dirigidos contra EEUU.

Y así estamos. Con mentiras, desinformación, manipulación, entrega de armas y más armas en una guerra que no cesa y que puede llevarnos hasta lo inimaginable.