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Hikaru Nakamura es uno de los mejores jugadores de ajedrez del mundo. Ahora mismo se encuentra en Madrid jugando, con otros siete, el Torneo de Candidatos que debe proclamar al aspirante al título que ostenta Magnus Carlsen. No lo conseguirá, pero hay quien piensa que podría haber llegado a hacerlo. Lo que pasa es que a él no le sale a cuenta. Incluso ha hecho números y asegura que por jugar este torneo (perdió la primera partida con Caruana, ganó la segunda a Radjabov e hizo tablas en la tercera con el adolescente iraní Firouzja) pierde dinero.

No es que Nakamura, nacido hace 34 años en Japón pero varias veces campeón de Estados Unidos, tenga negocios al margen de jugar al ajedrez, como Piqué, que ahora que ve que solo puede esperar contratos a la baja se ha comprado un club de fútbol para él solo y la Copa Davis para ir vendiéndola a pedazos. Su negocio es jugar al ajedrez, y ahí está cada día ante el ordenador y una cámara comentando partidas ajenas, resolviendo problemas de finales de alfil y peón y jugando con desconocidos durante horas a través de sus millonarios canales de Youtube y Twich.

De hecho, sorprende un tanto verlo de pronto sentado frente al tablero con chaqueta y sin los enormes auriculares que forman ya parte de su imagen habitual. Mientras termino de escribir esto le veo jugar la cuarta partida ante el húngaro Richárd Rapport. Lo hace con negras. Es el único al que le tolero que se quite la chaqueta y, como si estuviera en el convite de la boda de una prima lejana, la apoye en el respaldo de la silla.